Y todas aquellas veces en las que me despreciaste con tu silencio nunca me importaron, creí que no debía hacerles caso; cada vez que sentía que no querías estar conmigo pero estabas, como si me hicieras un favor, como si me tuvieras lástima; y yo creyendo que era tu forma rara de ser, yo muy segura de que si no me decías algo o no lo demostrabas era sólo porque tus "traumas" no lo permitían. Pero lo cierto es que eres un cobarde, que se escudó todo este tiempo en sus traumas inventados para poder seguir sufriendo a gusto. Tú no quieres arreglarte, no te interesa porque haz hecho de tu desgracia tu identidad, porque si no fueras ese miserable, no sabrías quién más ser; estás tan acostumbrado a que la gente te tenga lástima y te admire por llevar tu pena con tanta resignación que ni te imaginas, ni deseas otra cosa, ni porque en las narices te puse la felicidad, no fuiste capaz de reconocerla.
Me siento tan impotente, tan arrepentida, con una furia que podría destrozar tu estúpida existencia y herirte de verdad para que te des cuenta de que la vida duele más que tus niñerías.
Debo confesarlo; nunca había sentido ganas, pero de verdad ganas de vengarme. Será que en el fondo sé que todo esto fue mi culpa, que mi necesidad de no estar sola me orilló a subestimarte, a creer que con todo el empeño podrías ser tú el hombre de mi vida. Qué tonta, qué rabia, qué miseria.
